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jueves, 5 de noviembre de 2009

ENTREVISTA: EL ESTUDIO SOBRE EL CEREBRO CAMBIARA LA FORMA DE VER LAS COSAS (FRANCISCO JOSE RUBIA)

Sabemos muy poco del cerebro y lo que vamos descubriendo sobre él día a día no deja de desconcertarnos. Lo último: su capacidad para generar experiencias místicas al estimular determinadas áreas. Algunos investigadores afirman, incluso, que Dios es un producto de nuestra mente. Para profundizar en estas cuestiones, Más Allá ha entrevistado al neurólogo Francisco J. Rubia, autor de varios libros sobre el tema, como "La conexión divina".

A firmaba el neurocientífico Eric Kandel que “el cerebro es el secreto mejor guardado
de la Naturaleza”. Sin embargo, el hombre no cesa en su empeño de descubrir qué esconde ese gran secreto que todos llevamos dentro. Los últimos avances en neurobiología están permitiendo saber con más exactitud cómo funciona y ha evolucionado el cerebro y, sobre todo, están despejando muchas incógnitas sobre su extraordinario producto: la mente humana. Precisamente en ella reside, al menos desde el hombre de Neanderthal, el pensamiento mágico, el sentimiento de lo sagrado, traducido hoy en fe religiosa. Y surge una pregunta crucial: ¿existen en el cerebro humano estructuras capaces de producir la sensación de lo numinoso? A esa cuestión, y a otras muchas, intenta responder una moderna disciplina llamada neuroteología, la neurociencia de lo espiritual. Si la religión apareció en el hombre primitivo como respuesta a una serie de necesidades, tanto intelectuales como emocionales, y a su vez como un mecanismo para contrarrestar el temor que nos produce la muerte, es muy posible entonces que nuestro cerebro esté programado para creer en un dios, idea que cumpliría una función de supervivencia y que ha logrado perdurar hasta nuestros días, a pesar de los avances científicos y el conocimiento que hemos adquirido sobre el Universo y la vida.

Ciencia y creencia


Para profundizar en estas cuestiones, Más Allá ha entrevistado al neurólogo Francisco J. Rubia, autor de varios libros sobre el tema“La predisposición a las creencias religiosas es la fuerza más poderosa y compleja en la mente humana y, con toda probabilidad, una parte inextirpable de la naturaleza humana”, sostiene el biólogo Edward O. Wilson. De ser así, la religiosidad –tan presente en todas las culturas– podría formar parte de la evolución cognitiva, al igual que el lenguaje, las matemáticas o la música, como sugiere el filósofo Matthew Alper en su excelente obra Dios está en el cerebro (2008). En su opinión, “nuestras creencias en conceptos como un dios, un alma y una vida después de la muerte no son más que la manifestación de la forma en que nuestra especie procesa la información e interpreta, por tanto, la realidad. En este caso, Dios no representa un ser absoluto, sino más bien una concepción humana y subjetiva, generada cognitivamente, no un fenómeno divino, sino orgánico (...). Y puesto que ya no es una realidad absoluta, Dios ha quedado reducido simplemente a otra de las percepciones relativas propias de nuestra especie, a la manifestación de un mecanismo de adaptación evolutiva (a un mecanismo de compensación) que tenemos para poder sobrellevar las dificultades de la vida y nuestra conciencia de la muerte”. El asunto puede resultar ofensivo para los más creyentes. Sin embargo, los neurobiólogos que estudian los posibles mecanismos cerebrales potenciadores de las creencias religiosas y las experiencias místicas evitan entrar en discusión y señalan que tales descubrimientos no implican necesariamente la inexistencia de Dios. “El hecho mismo de que existan estas estructuras no dice nada a favor o en contra de la creencia o no en seres sobrenaturales”, advierte prudentemente el neurólogo español Francisco J. Rubia (MÁS ALÁ, 207), autor de La conexión divina Ed. Crítica), obra en la que analiza en profundidad los estudios que se están realizando sobre este fascinante tema. Y con este prestigioso científico hemos querido ponernos en contacto para conocer de primera mano cómo están las cosas actualmente en el campo de la neuroteología, término que, por cierto, no es muy de su agrado. “No me gusta dicha palabra, que implica ya una tendencia deísta. La ciencia no se pronuncia sobre creencias particulares”, me aclara antes de comenzar la entrevista. El doctor Rubia es profesor emérito de Fisiología Humana en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina y vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes. Asimismo, es autor de los libros El cerebro nos engaña (Temas de Hoy),¿Qué sabes de tu cerebro? (Temas de Hoy) y El fantasma de la libertad (Ed. Crítica).

–¿Por qué cree usted que hay personas más proclives que otras a vivir experiencias místicas? ¿Acaso tienen activadas ciertas estructuras cerebrales que otras personas tenemos inhibidas? ¿Qué estructuras serían esas, en caso de que ya estén localizadas?
–El hecho de que determinadas estructuras del sistema límbico, concretamente el hipocampo, el septo y la amígdala, y probablemente la corteza temporal, puedan producir experiencias místicas o espirituales nos indica que la espiritualidad debe ser algo inherente al ser humano. Como todas las facultades mentales, hay personas que tienen más desarrollada una determinada facultad que otras. Por ejemplo, la capacidad de percepción musical varía de una persona a otra. De manera que por eso hay personas más espirituales que otras.

Experiencias místicas y fenómenos paranormales



–¿Guardan relación las estructuras cerebrales potenciadoras de la experiencia mística con el animismo que dio lugar a las religiones?
–No soy especialista en temas antropológicos, pero supongo que el animismo pudo surgir gracias al hecho de que durante el sueño el sujeto puede desplazarse a distancias que el cuerpo nunca podría recorrer en ese espacio de tiempo, por lo que al despertar deduce que otra parte de sí mismo distinta del cuerpo, es decir, el alma, la sombra o su otro yo, es la que recorrió esa distancia. Con respecto al origen de la religión como fenómeno social, que no individual, como espiritualidad, es probable que tenga un origen multifactorial. Como sabemos, la vida de los místicos está salpicada de presuntos fenómenos que suelen ser catalogados de sobrenaturales, aunque podríamos atribuirles una causa parapsicológica, ya que esos mismos fenómenos se repiten fuera del contexto religioso y tienen lugar bajo ciertos estados modificados de conciencia. Preguntamos al doctor Rubia si estamos ante hechos objetivos, reales, o más bien ante alucinaciones, fraudes u otros fenómenos explicables a la luz de la neurociencia. –La inmensa mayoría de los neurocientíficos rechaza hoy el dualismo metafísico o cartesiano que acepta la existencia de un ente inmaterial, llamado alma o mente, que controla el cuerpo y el cerebro –responde convencido–. Por definición, un ente inmaterial no posee energía, y sin energía no puede mover la materia. Por tanto, decir que el alma interacciona con el cerebro, que es materia, es violar las leyes de la termodinámica. Por esa y otras razones, el dualismo metafísico nunca pudo explicar esa interacción que postula. Eso significa que la ciencia no puede pronunciarse sobre los fenómenos llamados “sobrenaturales”. No son hipótesis científicas. Respecto a la parapsicología, la ciencia experimental, basada en el método científico, acepta lo que puede ser repetido en experimentos. Las anécdotas a las que suele referirse la parapsicología no entran en ese campo y, por ello, no son consideradas científicamente demostradas. Por otro lado, he dicho antes que la espiritualidad es probablemente innata al ser humano, pero eso no quiere decir que de ahí se derive necesariamente la fe religiosa. Si es cierto que no existe religión sin espiritualidad, también lo es que existe espiritualidad sin religión. Muchos no creyentes han tenido experiencias espirituales. Así es. Y por eso mismo no deja de llamar la atención que para acceder al estado místico a veces se recurra a técnicas como el ayuno prolongado, la privación sensorial, la meditación o la ingesta de enteógenos. A través de esos medios, el sujeto experimenta visiones subjetivas que modifican su percepción de la realidad, le hacen perder el sentido del espacio y el tiempo y le conducen a estados de felicidad y de conexión cósmica. Por su parte, la gente que ingiere dietilamida de ácido lisérgico, el famoso LSD, asegura que esta droga produce profundos sentimientos de unión con la divinidad, visiones de seres espirituales, etc. “Lo curioso es que estas experiencias son muy similares a las descripciones que se encuentran en los escritos sagrados de las grandes religiones y en los textos místicos de civilizaciones antiguas”, apunta el doctor Rubia

–¿Supone eso una prueba de las bases neurobiológicas de la experiencia mística?
- El hecho de que sea tan difícil activar las estructuras cerebrales que producen experiencias espirituales nos está indicando que, en condiciones normales, esas estructuras están inhibidas, probablemente por aquellas otras que son la base de nuestra actividad lógico-analítica. Por eso es necesario superar esa inhibición, lo que se consigue con técnicas activas, como la danza o la estimulación sensorial extrema, o con técnicas pasivas, como la meditación o el aislamiento sensorial. También se han referido experiencias místicas espontáneas en personas especialmente sensibles a ellas, como en los casos de muerte de un ser querido. Los efectos de la ingesta de enteógenos, que interfieren en la neuroquímica cerebral, también son una indicación de su base neurobiológica, así como las experiencias cercanas a la muerte, que por anoxia probable de células inhibitorias son capaces de producir síntomas parecidos a los de la experiencia mística. Y no hay que olvidar la epilepsia del lóbulo temporal, ya que al activar estas estructuras también se pueden originar experiencias espirituales.

–¿En qué benefician al ser humano estas estructuras cerebrales implicadas en la potenciación de las experiencias místicas? ¿Sirven para amortiguar la angustia que nos produce la muerte?
–No hay unanimidad en las hipótesis que se han planteado respecto al valor de supervivencia que puedan tener estas estructuras desde el punto de vista evolutivo. La disminución de la angustia ante catástrofes naturales o ante la muerte es una de ellas. También se ha postulado que, en el caso de la religión, podría servir para la cohesión del grupo. No obstante, ya el escritor británico Aldous Huxley, que tuvo experiencias místicas por la ingesta de mescalina, se preguntaba cómo era posible que hubiésemos conservado experiencias místicas que aíslan más que contribuyen a la comunicación con otros seres humanos. Sin embargo, es muy plausible que estas experiencias místicas, que han tenido prácticamente todos los fundadores de religiones, hayan servido para convencer a sus adeptos de la importancia de la religión. –¿Qué le parecen las investigaciones del doctor Michael Persinger sobre la estimulación eléctrica del lóbulo temporal, a la que antes aludía usted, que provoca sensaciones similares a las de los estados místicos y la proyección extracorpórea? ¿Ofrecen respuestas concluyentes? –Esas investigaciones son las que han despertado el interés por el estudio, con métodos científicos, de las experiencias espirituales, místicas y religiosas. Como he dicho antes, suponen una indicación de la existencia de estructuras en ese lóbulo temporal que son capaces de generar las experiencias espirituales. Hay otros científicos que han mostrado que la estimulación de estructuras límbicas también puede producir la proyección extracorpórea, algo que se da en las experiencias cercanas a la muerte.

Espiritualidad y religión


–Entonces, si el hombre está predispuesto por razones neurobiológicas a las creencias religiosas, ¿cómo se explican el creciente agnosticismo y el ateísmo? ¿Acaso la adquisición de conocimientos científicos o un mayor uso de las capacidades lógico analíticas del hemisferio izquierdo del cerebro inhiben las estructuras cerebrales implícitas en la gestación del sentimiento religioso?
–A mi entender, existe una predisposición genética para las experiencias espirituales, pero no puedo decir lo mismo de las experiencias religiosas. Repito que espiritualidad y religión no son lo mismo. Se puede ser espiritual y a su vez ateo o agnóstico. El origen de la religión, he expresado en otro lugar, es probablemente multifactorial, aunque se base en las experiencias espirituales de sus fundadores. Lo único que puede hacer el conocimiento científico es explicar los mecanismos que llevan a estas experiencias. Los datos científicos pueden ser utilizados por el creyente y por el no creyente para confirmar tanto sus creencias como sus no creencias. Pero lo que sin duda es cierto es lo que dice Salvador Pániker: “Solo en un espacio laico tienden a esfumarse los ídolos y las teologías de bisutería”.

–¿Nos quedan aún muchas cosas por conocer del cerebro humano?
–Sin duda. El cerebro sigue siendo un órgano en gran medida desconocido. Es lógico que al ser considerado la sede de las funciones mentales, o del alma en el pasado, siempre haya habido un respeto reverencial hacia él. Pero también juega un papel su enorme complejidad y la imposibilidad ética de trabajar de manera experimental con él, dificultad que ahora, en parte, se supera con la aplicación incruenta de las modernas técnicas de imagen cerebral. No solo nos queda mucho por saber, sino que lo que poco a poco estamos desvelando parece que nos conduce a una auténtica revolución que va a cambiar la imagen, generalmente falsa, que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Si el sentimiento religioso descansa sobre bases neurobiológicas y tiene su sede en el sistema límbico, responsable de las emociones y los afectos, y cuya estimulación produce los síntomas característicos de los éxtasis místicos, la gran incógnita es saber por qué razones existen en nuestro cerebro estructuras que posibilitan las experiencias trascendentes. Y confirmar si realmente la Naturaleza nos dotó de tales estructuras para frenar la angustia existencial y la ansiedad que produce en el ser humano ser consciente de su propia muerte, siendo entonces la fe en lo sobrenatural un instinto que hemos heredado genéticamente. “El resultado de estas investigaciones me parece de una enorme trascendencia”, subraya el doctor Rubia. Y es que estaríamos descubriendo nuevos aspectos de la compleja naturaleza humana. ¿Es, pues, la divinidad un mero producto cognitivo de nuestro cerebro? En ese caso, el antiguo axioma griego “Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el Universo y los dioses” no iba mal encaminado.


¿Qué ventajas ha tenido para el ser humano creer en una realidad trascendente? Según el filósofo Matthew Alper, “si la conciencia espiritual no hubiera aumentado de algún modo las probabilidades de supervivencia de nuestra especie, simplemente no la hubiéramos desarrollado”. Cuando el hombre fue consciente de que la muerte es un hecho inevitable, la ansiedad se instaló en su interior. ¿Qué sentido tiene vivir si finalmente vamos a desaparecer?, se preguntó. De alguna manera, ese gran dolor existencial –que pudo haber tenido consecuencias desastrosas para nuestra evolución como especie– tenía que ser mitigado. Y surgió la conciencia religiosa. Nuestro cerebro desarrolló una facultad cognitiva “espiritual” que nos hizo sentirnos poseedores de un alma inmortal. Así, la creencia en un mundo sobrenatural, regido por un dios protector, permitió que nuestra existencia no fuera tan angustiosa. Fue, sin duda, un mecanismo de defensa que se perpetuó en todas las culturas humanas. “La religión es una defensa natural contra el conocimiento que tiene el hombre de que debe morir”, asegura el psicólogo Mortimor Ostow

El hombre primitivo vivía en permanente contacto con lo sagrado. Su mente no distinguía entre los ensueños y el estado de vigilia. Percibía la Naturaleza como si estuviese animada por fuerzas sobrenaturales. El animismo lo impregnaba todo y su mentalidad arcaica se relacionaba con todo de manera mística: con los animales, con las plantas, con las rocas... Es la participation mystique a la que se refería el gran antropólogo francés Lucien Lévy-Bruhl. Ejemplo de ello son los dibujos de figuras teriantrópicas (mitad hombre, mitad animal) que aparecen en ciertas cuevas paleolíticas, como la de Les Trois Frères, ubicada en los Pirineos franceses, con una antigüedad superior a los 15.000 años. En aquel ambiente surgió el chamanismo, la manifestación religiosa más antigua que conocemos. El chamán entraba en éxtasis y accedía a otra realidad distinta de la cotidiana. “Nosotros partimos del hecho de que en determinadas circunstancias históricas el ser humano vivía en esa segunda realidad con mucha más frecuencia que en nuestras civilizaciones avanzadas”, afirma el doctor Francisco J. Rubia. De ello se deduce que el hombre primitivo empleaba con más frecuencia el cerebro emocional –el sistema límbico, ubicado principalmente en el hemisferio derecho del cerebro–. Por el contrario, el hombre moderno ha desarrollado más el pensamiento lógico-analítico, localizado en el hemisferio izquierdo, que inhibe, aunque no anula, porque son imprescindibles, las funciones del primero. Es más, según el doctor Rubia, entre la lógica del pensamiento religioso y la lógica del pensamiento científico no hay un abismo, pues ambos están hechos de los mismos elementos esenciales, pero con diferentes grados de desarrollo. El antropólogo Remo Cantoni señala a este respecto que “no solo el pensamiento mítico penetra continuamente en el pensamiento científico y racional, y el pensamiento racional confiere forma teórica al mito, sino que, en definitiva, ambas visiones nos dan, por una parte, el universo seco y escuálido de las relaciones matemáticas y, por otra, el universo irresponsable de la emoción y la fantasía”. En ese sentido, cuando soñamos accedemos a esa otra realidad interna en la que habitualmente se manejaba el hombre arcaico. Entonces las inhibiciones desaparecen, lo que nos permite experimentar una especie de unión mística con el mundo. “Así como el hombre ahora razona en sueños, así también razonaba la humanidad hace muchos miles de años cuando estaba despierta”,
proclamaba Nietzsche.

Si las experiencias de éxtasis pueden inducirse mediante la ingestión de drogas psicodélicas, que provocan la estimulación de ciertas estructuras cerebrales, no podemos negar su base neurobiológica. Aunque, todo hay que decirlo, el efecto de este tipo de drogas es más limitado y artificial que el que se obtiene a través del éxtasis místico. “El uso de drogas en rituales religiosos con objeto de acceder a estados alterados de conciencia es probablemente tan antiguo como la misma humanidad”, afirma el doctor Francisco J. Rubia. El etnobotánico Terence McKenna sugiere que hace un millón de años los homínidos ya consumían hongos alucinógenos que contienen psilocibina, que pudo ser uno de los factores químicos de la dieta de aquellos hombres primitivos en los que surgió la conciencia humana. Más allá van los estudios de Gordon Wasson, considerado el padre de la disciplina conocida como etnomicología, quien en su libro The road to Eleusis (El camino a Eleusis) considera que los hongos alucinógenos son el factor desencadenante de la espiritualidad en los humanos conscientes, así como la génesis de la religión. Por su parte, Mircea Eliade, experto en la historia de las religiones, cita al respecto un texto de los Vedas que dice: “Hemos bebido el soma, ya somos inmortales. Hemos conseguido la luz y hemos encontrado a los dioses”. Según algunos investigadores, es muy posible que el “soma” se obtuviera de plantas alucinógenas como el hongo Amanita muscaria. “Todas estas sustancias –señala el doctor Rubia en La conexión divina– pueden actuar de forma parecida a un neurotransmisor existente en el cerebro y en otras partes del organismo, la serotonina, que, dependiendo del receptor con el que reaccione, puede tener un efecto facilitador (excitador) o inhibidor de funciones mentales”.


jueves, 8 de octubre de 2009

EL UNIVERSO HOLOGRAFICO: PRIMERA PARTE

En 1982 tuvo lugar un acontecimiento notable. En la Universidad de París, un equipo de investigación dirigido por el físico Alain Aspect realizó el que podría ser uno de los experimentos más importantes del siglo XX. Ustedes no oyeron hablar de ello en las noticias. De hecho, a menos que tengan la costumbre de leer prensa científica probablemente no habrán oído mencionar a Aspect, pese a que muchos creen que su descubrimiento podría cambiar la faz de la ciencia.

Aspect y su equipo descubrieron que, bajo ciertas circunstancias, partículas subatómicas como los electrones son capaces de comunicarse instantáneamente entre sí independientemente de la distancia que las separe. No importa si se están arados 10 pies o 10 mil millones de millas.

De alguna manera, una partícula parece saber siempre lo que está haciendo la otra. El problema que hay con este hecho, es que viola el principio de Einstein, tanto tiempo mantenido de que ninguna comunicación puede viajar más rápido que la velocidad de la luz. Como viajar más deprisa que la velocidad de la luz equivale a romper la barrera del tiempo, tan intimidante panorama ha originado que, algunos físicos, intenten salirle al paso con elaboradas maneras de explicar algunos de los hallazgos de Aspect. Pero ha inspirado a otros a ofrecer explicaciones aún más radicales.

El físico de la Universidad de Londres David Bohm, por ejemplo, cree que los hallazgos de Aspect implican que la realidad objetiva no existe y que, a pesar de su aparente solidez, el universo es un fantasma de corazón, un holograma gigante espléndidamente detallado.

Para comprender por qué Bohm hace tan sorprendente aseveración, primero hay que saber un poco de hologramas. Un holograma es una fotografía tridimensional hecha con la ayuda de un láser.

Para hacer un holograma, el objeto a fotografiar primero es bañado por la luz de un haz láser. Después, se hace rebotar un segundo haz láser reflejando la luz del primero y el patrón de interferencia resultante (la zona en la que confluyen ambos haces láser) es captado sobre una película.

Cuando se revela la película, parece una maraña de luz y líneas oscuras desprovista de significado. Pero tan pronto como se ilumina la película revelada mediante otro haz láser, aparece una imagen tridimensional del objeto original.

La tridimensionalidad de tales imágenes no es la única característica notable de los hologramas. Si se corta por la mitad el holograma de una rosa y después se lo ilumina con un láser, se observa que cada una de las mitades sigue conteniendo la imagen entera de la rosa.

Además se observa que, aunque se vuelvan a dividir esas mitades, cada fragmento de la película siempre contendrá una versión más pequeña pero intacta de la imagen original. A diferencia de las fotografías convencionales, cada parte de un holograma contiene toda la información que posee el todo.

Esa naturaleza del “todo en cada parte” del holograma nos proporciona una manera completamente nueva de entender la organización y el orden. Durante la mayor parte de su historia, la ciencia occidental ha trabajado bajo el condicionamiento de que la mejor manera de entender un fenómeno físico, ya se trate de un átomo o de una rana, es diseccionarlo y estudiar sus partes respectivas.

El holograma nos enseña que algunas cosas del universo, posiblemente no permiten ese enfoque. Si intentamos dividir algo construido holográficamente, no obtendremos las piezas de las que se compone, sólo obtendremos “todos” más pequeños.

Este convencimiento indicó a Bohm otra manera de entender el descubrimiento de Aspect. Bohm cree que la razón por las que las partículas subatómicas son capaces de permanecer interconectadas, independientemente de la distancia que las separe, no se debe a que se emita y reciba alguna clase de misteriosa señal, sino a que su separación es una ilusión. Alega que, en algún nivel más profundo de la realidad, tales partículas no son entidades individuales, sino que en realidad son extensiones del mismo “algo” fundamental.

Para permitir que se visualice mejor lo que quiere decir, Bohm brinda la siguiente explicación:

Imagínense un acuario que contuviese un pez. Imaginen que, además, son incapaces de ver el acuario directamente, por lo que su conocimiento acerca de él proviene de dos cámaras de televisión, una situada de frente al acuario y la otra tomándolo de costado.

Como atienden a dos pantallas de televisión, podrían asumir que los peces que ven en cada pantalla son dos entidades separadas. Después de todo, como las cámaras están colocadas en ángulos diferentes, cada una de las imágenes será ligeramente diferente. Pero si siguen observando los dos peces, terminarán por darse cuenta de que hay cierta relación entre ambos.

Cuando uno se da vuelta, el otro a su vez también hace algo levemente distinto, pero que se corresponde; cuando uno mira de frente, el otro siempre mira de costado. Aunque no se perciba todo el panorama de la situación, se podría llegar a concluir que los peces deben estar comunicándose instantáneamente, pero está claro que no es el caso.

Según Bohm, esto es precisamente lo que pasa entre las partículas subatómicas del experimento de Aspect. Lo que nos está señalando la conexión entre partículas subatómicas, aparentemente más rápida que la velocidad de la luz, es que hay un nivel de realidad más profundo del que no estamos exentos, una dimensión más compleja que la nuestra, análoga al acuario. Además, consideramos separados a objetos como las partículas subatómicas porque sólo estamos observando una porción de su realidad.

Estas partículas no son “partes” separadas sino facetas de una unidad más profunda y fundamental que, en última instancia, es tan holográfica e indivisible como la rosa antes mencionada. Además, dado que todo lo que hay en la realidad física está compuesto por estos “espectros”, el propio universo en sí mismo es una proyección, un holograma.

Además de esa naturaleza espectral, un universo como ese poseería otros rasgos más que perturbadores. Que la aparente separación entre las partículas subatómicas sea ilusoria supone que, en un nivel más profundo de la realidad, todas las cosas que hay en el universo están infinitamente interconectadas.

Los electrones de un átomo de carbono de cualquier cerebro humano están conectados con las partículas subatómicas que componen cada salmón que nada, cada corazón que late y cada estrella que centellea en el cielo.

Todo lo ínter penetra todo y, pese a que la naturaleza humana pueda pretender categorizar, caracterizar y subdividir los diversos fenómenos del universo, todas las clasificaciones son necesariamente artificiales porque al final lo único que existe en la naturaleza es una red sin fisuras.

En un universo holográfico ni siquiera el tiempo o el espacio pueden seguir siendo considerados como algo básico. En un universo en el que, en realidad, nada está separado de ninguna otra cosa, conceptos tales como la localización se quiebran; el tiempo y el espacio tridimensional, al igual que las imágenes del pez en las pantallas de TV, también deberían ser considerados proyecciones de un orden más profundo.

En su nivel más profundo, la realidad es una especie de súper holograma en el que tanto pasado como presente y futuro coexisten simultáneamente. Esto sugiere que, contando con las herramientas adecuadas, debería ser posible incluso que algún día se accediese a un nivel súper holográfico de la realidad del que se obtuviesen escenas de un pasado remoto.

La pregunta de qué más contiene el súper holograma tiene un final abierto. Admitido en interés del argumento que el súper holograma sea la matriz de la que ha surgido todo lo que existe en nuestro universo, y que, por lo menos, contendrá a todas las partículas subatómicas que hayan existido o existirán, contendrá todas las configuraciones posibles de materia y energía, desde los copos de nieve a los quásares, desde las ballenas azules a los rayos gamma. Debe ser considerado como una especie de almacén cósmico de “Todo Lo Que Es”.

Pese a que Bohm concede que no tenemos manera de saber qué más pueda yacer oculto en el súper holograma, se aventura a decir que no tenemos razón alguna para asumir que no contenga todavía más. O, como propone, quizás el nivel súper holográfico de la realidad sea una “mera fase” más allá de la cual subyacería “una infinidad de desarrollo ulterior”.

Bohm no fue el único investigador que encontró evidencia de que el universo es un holograma. Trabajando de manera independiente en el campo de la investigación cerebral, el neurofisiólogo de Stanford Karl Pribram también está convencido de la naturaleza holográfica de la realidad.

Pribram fue atraído al modelo holográfico por el enigma de cómo y dónde se almacenan los recuerdos en el cerebro. Durante décadas, numerosos estudios han venido demostrando que los recuerdos, más que estar confinados en una localización específica, se encuentran dispersos por todo el cerebro.

En una serie de experimentos realizados en los años 20 del siglo XX que marcaron hitos en esta investigación, el científico del cerebro Karl Lashley descubrió que, independientemente de qué parte del cerebro de una rata extirpase, le era imposible impedir que ésta recordase cómo realizar tareas complejas que había aprendido con anterioridad a la cirugía.. El único problema era que nadie podía presentar un mecanismo capaz de explicar esta curiosa naturaleza del almacenamiento de memoria del “todo en cada parte”.

Ya en los 60, Pribram descubrió la holografía y se dio cuenta de que había encontrado la explicación que los científicos del cerebro habían estado buscando. Pribram cree que los recuerdos no están codificados en las neuronas ni en pequeñas agrupaciones de éstas, sino en patrones de impulsos nerviosos que van entrecruzándose por todo el cerebro de la misma manera que la interferencia de los patrones de luz láser van entrecruzándose por toda la superficie de un fotograma que contenga una imagen holográfica. En otras palabras, Pribram cree que el propio cerebro es un holograma.

La teoría de Pribram también explica que el cerebro humano pueda almacenar tantos recuerdos en tan poco espacio. Se estima que el cerebro humano tiene la capacidad de memorizar del orden de 10 mil millones de bits de información durante una vida humana promedio (lo que equivale a la cantidad de información contenida en cinco colecciones completas de la Enciclopedia Británica).

En la misma línea se ha descubierto que, aparte de sus restantes propiedades, los hologramas poseen una asombrosa capacidad para almacenar información; simplemente con cambiar el ángulo con el que chocan dos láseres en un fotograma de película fotográfica, es posible grabar muchas imágenes diferentes sobre la misma superficie. Está demostrado que un centímetro cúbico de película puede contener aproximadamente 10 mil millones de bits de información.

Nuestra habilidad prodigiosa para recuperar con rapidez cualquier información que nos haga falta del gigantesco almacén de nuestros recuerdos sería más comprensible si el cerebro funcionase según principios holográficos. Si un amigo te pide que le digas lo que te venga a la mente cuando dice la palabra “cebra”, no necesitas transitar por intrincados atajos para recorrer algún tipo de gigantesco archivo alfabético cerebral a fin de llegar a una conclusión. En lugar de esto, saltan a tu mente de manera instantánea asociaciones como “rayas”, “equino” o “animal nativo de África".

Verdaderamente una de las cosas más asombrosas relativas al proceso del pensamiento humano es que cada fragmento de información parece establecer de manera instantánea una correlación con algún otro (es decir, con todos los demás fragmentos de información), en lo que constituye otro rasgo intrínseco del holograma. Esto se debe a que cada parte de un holograma está infinitamente interconectada con cualquier otra parte del mismo, en lo que quizás sea el ejemplo supremo de la naturaleza de un sistema correlativo.

El almacenamiento de memoria no es el único enigma neurofisiológico que se hace más abordable a la luz del modelo holográfico del cerebro de Pribram. Otro es cómo es capaz el cerebro de traducir la avalancha de frecuencias que recibe a través de los sentidos (frecuencias de luz, de sonido, etc.) en el mundo concreto de nuestras percepciones. Precisamente lo que mejor hace un holograma es codificar y decodificar frecuencias. De la misma manera en que el holograma funciona como una especie de lente, un dispositivo de traducción capaz de convertir un borrón de frecuencias, en apariencia carente de significado, en una imagen coherente, Pribram cree que el cerebro también contiene una lente y que utiliza principios holográficos para convertir matemáticamente las frecuencias que recibe a través de los sentidos en el mundo interior de nuestra percepciones.

Un cuerpo de evidencia impresionante respalda el uso por parte del cerebro de principios holográficos para realizar sus operaciones. De hecho, la teoría de Pribram ha ido ganando un apoyo creciente entre los neurofisiólogos.

El investigador ítalo-argentino Zucarelli extendió recientemente el modelo holográfico al mundo de los fenómenos acústicos. Intrigado por el hecho de que los humanos sean capaces de localizar la fuente de los sonidos sin mover la cabeza, aunque sólo tengan un oído, Zucarelli descubrió que los principios holográficos pueden explicar esta habilidad.

Zucarelli también ha desarrollado la tecnología del sonido holofónico, técnica de grabación capaz de reproducir situaciones acústicas con un realismo sobrecogedor.

La creencia de Pribram de que nuestros cerebros construyen una realidad matemáticamente “sólida” porque confían en los impulsos procedentes de un dominio de frecuencias dado también ha recibido una importante cantidad de apoyo experimental.Se ha descubierto que cada uno de nuestros sentidos es sensible a un rango de frecuencias mucho más amplio de lo que previamente se sospechaba.

Los investigadores han descubierto, por ejemplo, que nuestros sistemas visuales son sensibles a las frecuencias de sonido, que nuestro sentido del olfato es una parte dependiente de lo que ahora se denominan “frecuencias cósmicas”, y que hasta las células de nuestro cuerpo son sensibles a un amplio rango de frecuencias. Tales hallazgos apuntan a que sólo en el dominio holográfico de la conciencia tales frecuencias son fragmentadas y clasificadas en percepciones convencionales.

Pero el aspecto del modelo holográfico del cerebro de Pribram que más nos hace hervir la mente es lo que sucede cuando se lo conjuga con la teoría de Bohm. Porque si la concreción del mundo no es sino una realidad secundaria y en realidad lo que está “ahí” es un borrón holográfico de frecuencia y, si el cerebro también es un holograma que selecciona y extrae de ese borrón sólo algunas de esas frecuencias, transformándolas matemáticamente en percepciones sensoriales, ¿en qué se convierte la realidad objetiva?

Por decirlo con sencillez, deja de existir, Como han señalado tradicionalmente las religiones orientales, el mundo material es maya, una ilusión y, pese a que podamos pensar que somos seres físicos que se mueven por un mundo físico, esto también es una ilusión.En realidad somos "receptores" que van flotando por un mar caleidoscópico de frecuencia lo que extraemos de ese mar y transcribimos como una realidad física no es sino un canal más de los muchos extraíbles del super holograma.

Esta nueva y chocante imagen de la realidad, síntesis de las perspectivas de Bohm y Pribram, constituye lo que se ha dado en llamar el paradigma holográfico y, pese a que muchos científicos lo hayan recibido con escepticismo, ha galvanizado a otros. Un grupo pequeño pero creciente de investigadores creen que este modelo de la realidad podría ser más exacto que el que hasta ahora nos ha aportado la ciencia. Es más, algunos creen que podría resolver algunos misterios que nunca antes pudieron ser explicados por la ciencia, instituyendo incluso lo paranormal como parte de la naturaleza.

Numerosos investigadores, incluyendo a Bohm y a Pribram, han reparado en que numerosos fenómenos parapsicológicos resultan mucho menos incomprensibles bajo los términos del paradigma holográfico.

En un universo en el que los cerebros individuales en realidad son partes indivisibles de un holograma superior y en el que todo está infinitamente interconectado, la telepatía consiste sencillamente en acceder a nivel holográfico.

Obviamente así es mucho más fácil entender cómo puede viajar la información desde la mente de un individuo “A” a la de otro individuo “B” que esté en un punto muy distante y ayuda a comprender numerosos enigmas de la psicología pendientes de resolución. En particular, Grof opina que el paradigma holográfico brinda un modelo para entender muchos de los fenómenos más sorprendentes que experimentan los individuos durante los estados alterados de conciencia.

http://descubreaquehasvenido.blogspot.com

lunes, 24 de agosto de 2009

EL AMOR AL DESCUBIERTO EN EL CEREBRO



El amor no está en el aire, como decía la canción, sino sólo en nuestra cabeza. Un equipo de investigadores compuesto por un neurocientífico, un antropólogo y un psicólogo social, ha descubierto la relación neurofisiológica del amor con nuestros sistemas cerebrales por medio de imágenes de resonancia magnética.

Tal como explica la American Physiological Society en un
comunicado, el estudio ha analizado las respuestas del cerebro de 17 hombres y mujeres jóvenes que se describían como loca y recientemente enamorados. Los resultados se han divulgado en el Journal of Neurophysiology.

Este estudio, que libera de todo romanticismo al amor limitándolo a impulsos eléctricos, señala además que el estado inicial del enamoramiento tiene más que ver con la motivación, el beneficio y otros aspectos causales del comportamiento humano, que con las emociones o con la atracción sexual. Según los investigadores, podríamos parecernos más de lo que creemos a otros mamíferos, puesto que en la elección de nuestras parejas –a través del enamoramiento inicial- se ponen en marcha respuestas cerebrales similares a las de los animales, y el fin es instintivo: buscar la continuación de la especie a través de la transferencia genética.

No existe un patrón emocional

Una de las autoras del estudio, Lucy L. Brown, del Albert Einstein College of Medicine de Estados Unidos, señala que los humanos estamos construidos para experimentar sentimientos mágicos como el del amor, y que la investigación realizada ayuda a explicar por qué lo hacemos.

La mayoría de los participantes en el estudio mostraban claras respuestas emocionales, aunque no se ha descubierto un patrón emocional consistente, sino sólo mucha actividad en las regiones cerebrales relacionadas con la motivación y la consecución de un beneficio. Según los investigadores, esta es la primera recopilación de datos que confirman una relación entre el amor romántico y las redes cerebrales.

Desde este punto de vista, se podría describir por tanto el amor como una motivación o una orientación hacia una situación que se convierte en un objetivo y que provoca varias emociones específicas, como la euforia o la ansiedad. De esta forma, se entendería por qué los amantes muestran la necesidad imperativa de conseguir a su amado o amada y tienden a proteger sus relaciones.


La atracción sexual y el amor, dos cosas distintas

El estudio ha descubierto asimismo que las regiones del cerebro que se activan con el amor son diferentes a las que se activan en el caso de la atracción sexual. Esto se ha sabido porque cuando los investigadores mostraron a los participantes las fotos de sus enamorados, las áreas cerebrales de éstos se superpusieron sólo parcialmente con las áreas del cerebro asociadas con el deseo sexual.

Utilizando imágenes de resonancia magnética y otras fórmulas de medición, los investigadores han llegado a dos conclusiones principales. La primera señala que en su estado inicial, el amor romántico está asociado con regiones subcorticales del cerebro, relacionadas con la consecución de un beneficio y ricas en dopamina, una sustancia que produce una sensación de intenso bienestar cuya producción aumenta con el amor hasta en un 50%.

La segunda conclusión a la que se ha llegado es que el amor pone en marcha los sistemas cerebrales asociados con el impulso de conseguir un beneficio. Estas áreas del cerebro que se activan con el amor integran una gran cantidad de información relacionada con la memoria más temprana de cada persona y con su propia noción de la belleza. Se trata del área ventral tegmental derecha y del llamado núcleo caudado (uno de los tres componentes principales de los ganglios basales) dorsal del cerebro.

El romanticismo está a la derecha y la atracción a la izquierda

Para sorpresa de los investigadores, las regiones asociadas con el amor romántico e intenso están mayormente en el lado derecho del cerebro, mientras que las asociadas a la atracción facial se sitúan a la izquierda de éste. Se trata de una lateralización que hace plantearse a los científicos acerca de los procesos de aprendizaje y de memoria del cerebro humano.

Asimismo, los investigadores señalan que, con la maduración de la relación, entran en juego otras partes del cerebro, y que el dinamismo de las relaciones implica también cambios a nivel cerebral. Las imágenes de resonancia magnética han mostrado más actividad en el área del ganglio basal en el caso de personas con relaciones estables. En esta región se encuentran los receptores de la hormona vasopresina, que en ratones de campo se ha demostrado que resulta esencial para emparejarse.

La evolución de la activación de las diversas áreas cerebrales según se desarrolla el amor demuestra que los sentimientos iniciales de exaltación se transforman en cariño y apego, lo que supone que el vínculo que generan las emociones es mucho más poderoso que el de la atracción sexual por sí sola.

Los resultados del estudio sugieren además que el amor no activa una zona funcionalmente especializada del sistema cerebral, sino que más bien activa toda una constelación de sistemas neuronales que convergen en regiones dispersas del núcleo caudado creando un mapa combinatorio flexible y que integra múltiples estímulos emocionales. Todo un recorrido eléctrico que expresa un comportamiento humano sumamente complejo.

domingo, 12 de julio de 2009

LA DEPRESION DEL DOMINGO A LA TARDE O DEPRESION DEL OCTAVO DIA


Hay una experiencia que muchos dicen haber tenido. La llaman la depresión del domingo a la tarde. Acabo de oír a un escritor explicar por la radio que un poeta sirve para paliar esa depresión. Que leyendo poesía a esa hora, ese día, uno recupera el tono vital, se repone de la angustia que le provoca la semana que comienza.

Un día como de aburrimiento, una tarde como de hastío, de insatisfacción.

Es común escuchar a las personas lamentarse sobre la depresión que sufren los días domingos; y hasta existen estadísticas que corroboran esta afirmación, registrando un aumento en la cantidad de suicidios.

Aunque Dios haya creado el mundo en seis días y el séptimo descansó, pocos seres humanos pueden descansar los días domingos.

Parecería que cada vez más gente prefiere seguir trabajando como lo hace habitualmente, sin parar, o bien planificar un día de descanso, con un esquema de actividades agotador.

Existen razones para que a muchos, un día sin hacer nada los pueda llegar a deprimir.

Durante la semana, la mayoría desarrolla una febril actividad que apenas le deja tiempo para sentarse a comer tranquilo.

Los niños no son una excepción porque también tienen sus días ocupados con una gran variedad de actividades, además de ir a la escuela.

Y los ancianos que todavía pueden caminar y salir, tampoco tienen en sus agendas espacio para el descanso.

Así es como toda la sociedad comparte el mismo ritmo de acción que es lo que se necesita para crear un condicionamiento.

De manera que la actividad febril se convierte en un hábito para algunos y hasta en una adicción para otros.

Y si hay alguien que se queda sin hacer nada se pueden llegar a sentir culpable por perder el tiempo, ya que el ocio, que es lo contrario del negocio, está devaluado y subestimado. Me pasa a mi muy comunmente.

Sin embargo, nuestro cuerpo y mente necesitan relajarse alguna vez, para distraerse de la actividad cotidiana.

La depresión del domingo se suele relacionar con la soledad que se puede llegar a sentir en las grandes ciudades, y sentirse solo puede significar un motivo para caer en una depresión.

Pero existe un modo de estar en soledad que es diferente, que no nos hace añorar la compañía, que nos permite la libertad de no hacer nada o simplemente disfrutar de aquello que nos gusta.

Para no necesitar en forma imperiosa a otro, es importante estar bien con uno mismo, porque cuando hay un conflicto interno se hace más acuciante la soledad, cuando la conciencia intenta buscar el equilibrio y nos exige enfrentar las cuestiones pendientes.

El problema del domingo es que nos obliga a reflexionar sobre nuestras constantes contradicciones. Pensar una cosa, decir otra y hacer otra totalmente diferente. Y encima, pensar que el lunes los problemas, que se tomaron una pausa el viernes, volveran con todo. Y de nuevo, volver a luchar la semana para llegar al fin de semana...

Aunque pensar en los problemas no es lo más recomendable, es lo que hacemos por lo general, en lugar de aprender a vivir con los problemas y a resolver las cosas cuando suceden.

Tener conciencia del momento presente no es cosa fácil para una personalidad depresiva, porque su tendencia es añorar el pasado y preocuparse por el futuro, dejando de lado el aquí y ahora que es eterno.

El domingo puede llegar a ser el día perfecto para empezar algo nuevo y deberíamos atrevernos a vivirlo sin miedo a la soledad.

Solamente solos con nosotros mismos podemos tomar conciencia de que nuestro bienestar sólo depende de nuestros pensamientos; y que podemos aprender a disfrutar plenamente, la tranquilidad que nos brinda la seguridad de saber que nunca estamos solos.